jueves, 9 de septiembre de 2021

LA MUERTE DE IVÁN ILICH

 


LA MUERTE DE IVÁN ILICH (1886)

Edgardo Rafael Malaspina Guerra

( Iván Ilich desconocía la afirmación socrática de que “vivir es prepararse para morir”.  Iván Ilich había vivido de manera inauténtica. Eso lo supo cuando se enteró de su pronto final. Empezaba así su vida auténtica, según lo entendía Martín Heidegger.)

 

I

La muerte de Iván Ilich (publicado en 1886, pero escrito entre 1882 y 1886 ) es una revisión de nuestras vidas ante la muerte inminente. Como escribió Cervantes: “El que está para morir suele decir verdades”. Iván Ilich se pregunta si ha vivido correctamente.

II

Schopenhauer afirmó que la muerte es la fuente primigenia de la filosofía, por eso este relato de Tolstói fluye como un discurso filosófico y no religioso como en sus otras obras. Cada uno debe enfrentar el miedo a la muerte en soledad y a su manera.

III

Los colegas de Iván Ilich Golovin al enterarse de su pronto final se preguntan qué beneficios les puede suponer ese hecho en materia laboral: la muerte es una tragedia muy personal. Los demás pueden actuar de manera egoísta como creyendo que jamás estarán en un ataúd.

“Quien no se conmueve ante el dolor humano no tiene entrañas. Quien no filosofa ante un cadáver no tiene entendimiento”. (Letamendi)

IV

Iván Ilich se cae de una escalera, luego de lo cual enferma. Un dolor en un costado le molesta. No hay una precisión diagnóstica, aunque algunos investigadores se aventuran y hablan de un cáncer de riñón. No obstante, en la novela hay indicios de una patología oncológica del tracto gastrointestinal. Todo lo que sube, baja: Iván había ascendido a la cima de la escalera laboral, por lo tanto, se iniciaba el declive.

V

Iván Ilich Mechnikov , procurador de Tula y hermano del gran investigador Ilia Mechnikov , es el prototipo del personaje principal. Iván Mechnikov   cuando enfermó gravemente solía hablar de la esterilidad de su vida. Eso inspiró esta historia de Tolstói.

 Ilia Mechnikov afirmaba que nadie había descrito el temor a la muerte como Tolstói en esta novela.

VI

Vladimir Nabokov dijo: “Esta historia es la obra más brillante, perfecta y compleja de Tolstói”.

Chaikovski escribió: “Leí La muerte de Iván Ilich. Más que nunca estoy convencido de que el más grande de todos los antiguos escritores-artistas de todos los tiempos es L. N. Tolstói. Su solo nombre es suficiente para que un ruso no se doblegue avergonzado cuando calcule todas las grandes cosas que Europa le ha dado a la humanidad”.

“Todo médico de cualquier especialidad debe leer atentamente esta historia, porque no existe una más contundente en la literatura mundial sobre este tema. ​​Esos abismos de horror y duda que están viviendo los pacientes con cáncer se abrirán ante él "(A. T. Lidsky).

La muerte de Iván Ilich es el libro tibetano de los muertos. (Vladislav Otroshenko).

“Con est novela Tolstói hace que todos nos preguntemos: ¿Es así como uno muere? Sin la enfermedad, Iván Ilich, espíritu ordinario, realmente no tendría ningún relieve, ninguna consistencia. Es ella quien, al destruirlo, le confiere una dimensión de ser. Lo único que quedará de tantos años serán las pocas semanas de sufrimiento en que la enfermedad le habrá revelado realidades antes insospechadas. La verdadera vida empieza y se termina con la agonía, tal es la enseñanza de la experiencia de Iván Ilich”. (Cioran en “El más antiguo de los miedos” , en el libro  “La caída en el tiempo”, 1966)

Pero un hermano de Tolstói bromeó: “Todos te elogian porque descubriste que la gente muere, como si no supieran eso sin ti”.

VII

Este es un libro ruso de los muertos para que aprendamos a morir. Iván Ilich tiene dolores físicos y morales. Tiene diálogos internos y se pregunta si le llegó el fin. Llora porque cree que Dios   lo castiga injustamente o puede ser que Dios no existe. Iván quiere que alguien lo consuele. Siente que hay hipocresía cuando le dicen que todo saldrá bien, porqué el sospecha que no haya salida.

VIII

Todos son Iván cuando se encuentra en ese callejón sin salida. Sienten la indiferencia de sus seres queridos hacia su tragedia:  hasta su hija no entiende o no quiere entender lo que le sucede y continúa su vida como si nada. Luego, en el velorio la gente habla de otras cosas (como en cualquier velorio del mundo).

Párrafos:

1

Más allá de los barruntos sobre los traslados y posibles promociones que de esa muerte podrían derivarse, el deceso de un conocido cercano no suscitó en ninguno de ellos, como suele ser el caso, más que un sentimiento de alegría, pues había sido otro quien había pasado a mejor vida.

2

La familia entera gozaba de buena salud, pues no se podría calificar de enfermedad el hecho de que Iván Ilich se quejara a veces de tener mal sabor de boca o de que algo le molestaba en el lado izquierdo del vientre.

3

Pero el caso es que esas molestias fueron aumentando y acabaron transformándose, si no en un acceso de dolor, sí en una sensación de peso constante en el costado que le ponía de mal humor. Ese mal humor, que no dejaba de crecer y crecer, empezó a arruinar el encanto de esa vida tan despreocupada y decorosa que la familia Golovin se había creado.

4

Así lo hizo Iván Ilich. Y todo resultó como había esperado; todo se resolvió como se resuelven siempre tales asuntos: la espera, esa prepotencia afectada y doctoral que Iván Ilich conocía tan bien, pues era la misma que él exhibía en el tribunal; la auscultación, la percusión, las preguntas que exigían respuestas determinadas de antemano y meridianamente inútiles, y ese aire de importancia que parecía insinuar: « Bueno, no tiene usted más que someterse a nuestra voluntad y nosotros nos ocuparemos de todo; sabemos con certeza cómo se arreglan estas cosas, siempre de la misma manera, se trate de quien se trate» . Todo era exactamente igual que en el tribunal.

5

El médico le dijo: « Esto y lo otro indican que en el interior de su organismo pasa esto y lo otro; en cualquier caso, si el examen de esto y lo otro no lo confirma, habrá que suponer que tiene usted esto y lo otro. Y si suponemos esto y lo otro, entonces…» . Y así sucesivamente. A Iván Ilich solo le importaba una cuestión: ¿revestía gravedad su caso o no? Pero el médico se desentendía de esa pregunta tan fuera de lugar. Desde su punto de vista, era algo tan irrelevante que ni siquiera merecía la pena tenerlo en cuenta. Lo único que importaba era la consideración de las probabilidades: un riñón flotante, un catarro intestinal de carácter crónico o una afección del intestino ciego.

6

La vida de Iván Ilich no entraba aquí en consideración, solo se trataba de decantarse por el riñón flotante o por el intestino ciego. Y en opinión de Iván Ilich el médico resolvió la cuestión de un modo brillante a favor del intestino ciego, haciendo la salvedad de que el análisis de orina podía proporcionar nuevos indicios y entonces habría que reconsiderar el diagnóstico. La misma actuación, punto por punto, que Iván Ilich había escenificado miles de veces delante de los acusados con no menos maestría. Idéntico magisterio desplegó a la hora de trazar el resumen y, con expresión triunfante, incluso alegre, echó un vistazo por encima de las gafas a su paciente. A partir de ese resumen Iván Ilich sacó la conclusión de que la cosa era grave y de que esa circunstancia le traía sin cuidado al médico, y probablemente al resto del mundo. Pero para él se trataba de algo serio.

7

—Supongo que nosotros, los enfermos, solemos hacer preguntas inconvenientes. Pero me gustaría saber si mi caso reviste gravedad.

El médico le lanzó una mirada severa, con un solo ojo, a través de los lentes, como diciendo: « Si el imputado no se limita a responder a las preguntas que se le formulan, me veré obligado a ordenar su expulsión de la sala» .

—Ya le he dicho lo que considero necesario y oportuno —respondió el médico—. Habrá que esperar a ver qué dicen los análisis.

8

Después de la consulta, sus principales ocupaciones consistieron en el riguroso cumplimiento de las reglas relativas a la higiene personal que el médico le había impuesto, la toma de los medicamentos y una suerte de atención reconcentrada por cualquier síntoma de su dolor y por todas las funciones de su organismo.  Iván Ilich fue interesándose más y más por las enfermedades y la salud de los seres humanos. Cuando se hablaba en su presencia de enfermos, de muertos, de pacientes restablecidos y, sobre todo, de enfermedades que se parecieran a la suya, aguzaba el oído, aunque procuraba ocultar su emoción, hacía preguntas y establecía comparaciones con su propio mal.

9

La lectura de libros de medicina y la consulta a diversos facultativos contribuyeron a agravar su situación. Ese agravamiento seguía un ritmo tan uniforme que podía engañarse comparando una jornada con otra, y a que las diferencias eran mínimas. Pero cuando consultaba a los médicos tenía la impresión de que su situación empeoraba, y además a marchas forzadas. En cualquier caso, no dejaba de requerir su dictamen.

10

Un amigo de un amigo, médico excelente, le ofreció un diagnóstico totalmente distinto y, aunque prometió curarle, lo cierto es que con sus preguntas y suposiciones solo consiguió turbarle aún más y aumentar sus dudas. Un homeópata se decantó por una tercera enfermedad y le dio una medicina que Iván Ilich tomó a escondidas durante una semana. Al cabo de ese tiempo, al no haber constatado mejoría alguna, perdió su confianza tanto en los medicamentos anteriores como en el nuevo y cayó en un estado de abatimiento aún más profundo. Un día una señora conocida relató la historia de un hombre que se había curado gracias a unos iconos.

11

¡Basta ya de vacilaciones!» . Era fácil decirlo, pero imposible ponerlo en práctica. El dolor en el costado seguía atormentándolo, parecía como si se hubiera recrudecido, como si se hubiera vuelto constante; tenía un gusto en la boca cada vez más extraño, se figuraba que de su boca salía un olor repugnante, su apetito y sus fuerzas disminuían. No era posible engañarse: en su interior se estaba produciendo algo terrible, nuevo y más decisivo que cualquier otra cosa que le hubiera pasado en la vida.

12

¿Saben ustedes que Iván Ilich, como les sucede a todas las personas bondadosas, no puede seguir a rajatabla las prescripciones del médico? Hoy se pone las gotas, sigue su régimen y se acuesta a la hora debida; pero mañana, si no estoy y o pendiente, se olvidará de lo primero, comerá esturión (que tiene terminantemente prohibido) y se quedará jugando al whist hasta la una de la madrugada.

13

-« Y cuando ya no exista, ¿qué quedará? No quedará nada. ¿Y dónde estaré cuando ya no exista? ¿Es posible que sea la muerte? No, no quiero.» Se levantó de un salto, tanteó la mesilla con manos temblorosas en busca de la vela, la tiró al suelo junto con la palmatoria y volvió a tumbarse, la cabeza sobre la almohada.

14

—. Es la muerte. Sí, la muerte. Y ninguno de ellos lo sabe, ni quiere saberlo ni muestra compasión. Están allí tocando música.

15

Iván Ilich era consciente de que se estaba muriendo y vivía en un estado de angustia permanente.

En lo más profundo de su corazón sabía que se estaba muriendo, pero, lejos de acostumbrarse a esa situación, era incapaz de comprenderla: no le entraba en la cabeza que pudiera pasarle algo así.

16

 Cada vez dormía menos. Le administraban opio y habían empezado a ponerle inyecciones de morfina. Pero ninguna de esas sustancias le confortaba. La embotada angustia que experimentaba en su duermevela le procuró cierto alivio al principio, en cuanto que era una sensación nueva, pero pronto se volvió tan lacerante, o incluso aún más, que el dolor manifiesto.

17

Lo que más atormentaba a Iván Ilich era esa mentira —quién sabe por qué aceptada por todos— según la cual solo estaba enfermo, no moribundo; lo único que tenía que hacer era conservar la calma y curarse y todo saldría a las mil maravillas.

18

No, no me hará nada. Todo esto es una tontería, un engaño —concluyó, en cuanto sintió ese conocido sabor dulzón e inevitable—. No, y a no puedo creer en tales cosas. Pero este dolor, ¿a qué se debe? Si me dejara tranquilo al menos un instante.» Y emitió un gemido. Piotr volvió sobre sus pasos. —No, vete. Tráeme el té.

Piotr salió. Una vez solo, Iván Ilich gimió no tanto de dolor, aunque era terrible, como de angustia. « Siempre lo mismo, todos estos días y noches interminables. Si al menos viniera de una vez. Pero ¿qué es lo que tiene que venir? La muerte, la oscuridad. No, no. ¡Cualquier cosa es mejor que morir!» .

19

Iván Ilich está firmemente convencido de que todo eso es una tontería, un burdo engaño, pero cuando el médico, puesto de rodillas, se estira por encima de él, aplica la oreja, y a más arriba, y a más abajo, y, con expresión muy concentrada, ejecuta varios movimientos gimnásticos, Iván Ilich se presta a la representación como se prestaba antes a los alegatos de los abogados, aunque sabía perfectamente que todos mentían y por qué lo hacían.

20

Ese dolor ineludible y ese miedo continuo hacían que no sintiera ningún agravamiento ni mejora en su estado. Pero la situación era cada vez peor.

Volvieron a arrastrarse los minutos, y luego las horas, siempre idénticas, siempre sin fin, y el desenlace inevitable se hacía cada vez más terrible.

21

Lloraba por su impotencia, por su espantosa soledad, por la crueldad de los hombres, por la crueldad de Dios, por la ausencia de Dios.

« ¿Por qué has hecho todo esto? ¿Por qué me has llevado a esta situación?

¿Por qué me has enviado unos tormentos tan horribles? ¿Por qué…?» .

No esperaba ninguna respuesta, y lloraba precisamente porque no podía haberla. Volvieron a recrudecerse los dolores, pero no se movió, no llamó a nadie. Solo se decía: « ¡Venga, más, sigue golpeando! Pero ¿por qué? ¿Qué te he hecho y o? ¿Por qué?» .

22

Y cuanto más se alejaba de la infancia, cuanto más se acercaba al presente, más insignificantes y dudosas le parecían esas alegrías. Todo había comenzado en la Escuela de Jurisprudencia. Allí todavía había algunas cosas buenas de verdad: la alegría, la amistad, las esperanzas. Pero ya en los cursos superiores esos momentos agradables se fueron haciendo cada vez más raros. Luego, en los tiempos en que desempeñó su primer cargo en la oficina del gobernador, volvieron a aparecer esos momentos buenos.

23

Pero ¿qué había pasado? ¿Por qué? No podía ser. No podía ser que la vida fuera tan absurda y repugnante. Y si en verdad era tan absurda y repugnante, ¿por qué morir, y además sufriendo? Había algo que no cuadraba.

24

 ¿Cabe la posibilidad de que no haya vivido como debería haberlo hecho? — Se le pasó de pronto por la cabeza—. Pero ¿cómo es posible? Si he hecho siempre lo correcto.

25

 

 

Pero, por más que reflexionaba, no hallaba ninguna respuesta. Y cuando le venía la idea —algo que le sucedía a menudo— de que todo había sucedido porque no había vivido como debería haberlo hecho, enseguida se acordaba de lo irreprochable que había sido su vida y rechazaba tan extraña idea.

26

Desde el principio mismo de la enfermedad, esos dos estados de ánimo se habían alternado. Pero, a medida que esta avanzaba, más dudosas y fantasiosas se fueron haciendo las reflexiones relativas al riñón y más real la conciencia de su inminente fin.

27

 En los últimos tiempos, sumido en esa soledad completa, tumbado de cara al respaldo del sofá, esa soledad en medio de una ciudad populosa, entre numerosos conocidos y familiares —una soledad que en ningún otro lugar podría haber sido más completa: ni en el fondo del mar, ni en rincón alguno de la tierra—, en los últimos tiempos, sumido en esa soledad terrible, Iván Ilich había vivido exclusivamente con la imaginación, recreando su pasado. Uno tras otro se representaba diversos acontecimientos de su vida. Siempre empezaba con los más cercanos en el tiempo, pero acababa remontándose a los más remotos, a los años de infancia, donde se detenía. Se acordaba de la mermelada de ciruela que le dieron a comer un día, y a continuación de las ciruelas francesas, crudas y arrugadas de su infancia, de su sabor especial y del aflujo de saliva cuando se llegaba al hueso, y, acompañando ese sabor, surgía toda una retahíla de recuerdos relacionados con aquella época: el aya, su hermano, los juguetes.

28

 Y la imagen de una piedra que caía con velocidad creciente se le grabó en el corazón. La vida, una serie de sufrimientos cada vez mayores, volaba más y más deprisa hacia su fin, hacia el sufrimiento más espantoso. « Estoy volando…» . Se estremecía, se agitaba, trataba de oponerse, pero sabía que ninguna resistencia era posible, y otra vez, con ojos cansados y a de tanto mirar, aunque era incapaz de apartar la vista de lo que tenía delante, contemplaba el respaldo del sofá y esperaba esa caída terrible, el choque final y la destrucción. « Ninguna resistencia es posible —se decía—. Si al menos pudiera entender la razón de todo esto. Pero eso es también imposible. Si al menos pudiera entender la razón de todo esto. Pero eso es también imposible. Podría explicarme algo si estuviera en condiciones de decir que no he vivido como hubiera debido hacerlo. Pero eso no puedo admitirlo» , se dijo, recordando su respeto por la ley, la corrección y el decoro que habían presidido su vida. « Imposible reconocer una cosa así —se decía, apenas con un esbozo de sonrisa, como si alguien pudiera ver ese gesto y sacar una impresión equivocada—. ¡No hay explicación! El sufrimiento, la muerte… ¿Por qué?» .

29

El médico pasó a la sala e informó a Praskovia Fiódorovna de que el enfermo estaba muy mal y de que el opio era el único medio de calmar sus padecimientos, que debían de ser espantosos. Añadió que sus sufrimientos físicos eran terribles, sin duda; pero más terribles aún eran los morales, y que estos eran la principal causa de su tormento.

30

 ¿Y si en realidad toda mi vida, mi vida consciente, no ha sido “como habría debido ser”?

Se le ocurrió pensar que lo que hasta entonces había considerado una completa imposibilidad, es decir, que no había vivido como debería haberlo hecho, podía ser verdad. Y se dijo que esos leves intentos de lucha contra todo lo que la gente encumbrada consideraba bueno, que esos leves intentos de los que se había desentendido a las primeras de cambio, podían también ser verdaderos, y que todas las demás cosas podían no ser como deberían haber sido. Su trabajo, su modo de vida, su familia, los intereses mundanos y profesionales: todo eso podía no ser como fue.

31

 Y si eso es así —se dijo— y voy a abandonar la vida con la conciencia de haber destruido todo lo que me ha sido dado, sin haber sido capaz de poner remedio a nada, ¿qué será de mí?» . Se echó de espaldas y se puso a repasar toda su vida de modo completamente distinto. Esa mañana, cuando vio al criado, y después a su mujer y a su hija, y más tarde al médico, cada uno de los gestos y palabras de esas personas le habían confirmado la terrible verdad .

32

¿Qué? ¿Los sacramentos? ¿Para qué? ¡No es necesario! Sin embargo… Ella se echó a llorar.

—¿Sí, amigo mío? Llamaré a nuestro sacerdote, que es muy amable.

—Muy bien, estupendo —profirió él.

Cuando llegó el religioso y lo confesó, Iván Ilich se sosegó, tuvo la impresión de que sus dudas perdían parte de su pujanza y, en consecuencia, también sus sufrimientos, y por un instante albergó ciertas esperanzas. De nuevo se puso a pensar en el intestino ciego, en la posibilidad de que volviera a funcionar con normalidad. Comulgó con lágrimas en los ojos.

33

Nada es como debería ser. Todo aquello por lo que has vivido y sigues viviendo es una mentira y un engaño que te están ocultando la vida y la muerte . Y en cuanto esas palabras le vinieron a la cabeza, sintió una oleada de odio, acompañada de un lacerante dolor físico y de la clara conciencia de que el fin era inminente e inevitable. Se produjo una novedad en su estado: ahora las punzadas eran tan fuertes que se retorcía como si le estuvieran traspasando con un hierro, se le cortaba la respiración.

34

Y a cada instante sentía que, a pesar de los esfuerzos que hacía por oponerse, se acercaba más y más a ese desenlace que tanto le aterrorizaba. Comprendía que su tormento consistía no solo en que lo hubieran arrojado a ese agujero oscuro, sino, aún más, en que no acababa de entrar del todo en él. Se lo impedía el convencimiento de que su vida había sido ejemplar. Esa justificación de su vida era lo que le mantenía encadenado, le impedía avanzar y le atormentaba más que ninguna otra cosa.

35

De pronto una fuerza le golpeó en el pecho y en el costado, su respiración se hizo aún más afanosa, se hundió en el agujero, y una vez allí, en lo más hondo, brilló una lucecita. Era la misma sensación que había tenido a veces viajando en tren: creía ir hacia delante cuando en verdad iba hacia atrás, y de repente se daba cuenta de la verdadera dirección.

36

En ese preciso instante Iván Ilich se precipitó en el fondo del agujero, vio la luz y descubrió que su vida no había sido como habría debido ser, pero que aún estaba a tiempo de remediarlo. Se preguntó cómo debería haber sido, y a continuación guardó silencio y se quedó escuchando. Entonces se dio cuenta de que alguien le estaba besando la mano. Abrió los ojos y vio a su hijo. Y sintió pena de él. También se acercó su mujer. Iván Ilich la miró. Con la boca abierta y las lágrimas cayéndole por la nariz y las mejillas, lo contemplaba con expresión desesperada. Iván Ilich sintió pena también de ella.

37

¿Y la muerte? ¿Dónde está?

Buscó ese temor a la muerte que le había acompañado a lo largo de toda su vida y no lo encontró. ¿Dónde estaba? ¿Qué muerte era esa? Ya no albergaba ningún temor porque la muerte no existía.

En su lugar había surgido una luz.

—¡Entonces es así! —exclamó de pronto en voz alta—. ¡Qué alegría!

Todo sucedió en un instante, pero el significado de ese instante y a no cambió más. No obstante, para los presentes su agonía se prolongó aún dos horas. Su pecho emitía una especie de gorgoteo; su cuerpo demacrado se estremecía. Después los gorgoteos y los estertores se fueron espaciando.

—¡Ha terminado! —dijo alguien a su lado.

Él oyó esas palabras y las repitió en su alma. « La muerte ha terminado —se dijo—. Ya no existe.»

Tomó una bocanada de aire, se detuvo en mitad de la aspiración, extendió los miembros y se murió.

PELÍCULA

En la película “La muerte de Iván Ilich” de Igor Beliaev, inspirada en la obra homónima de Tolstói, un hombre agoniza y habla sobre su vida. Es un monólogo lleno de reflexiones filosóficas. Los papeles principales son de Nikolái Dolzhanski (Iván Ilich) y Ana Erigina (la voz que responde a las interrogantes del enfermo).

El tiempo gotea. La nieve se derrite y gotea .El hombre reflexiona que la eternidad continuará sin él. La eternidad es más terrible sin nosotros. Morimos y no estamos ni en la eternidad ni en el universo. La eternidad no tiene fin, el cual a mí me llegó.

martes, 31 de agosto de 2021

LOS COSACOS. TOLSTÓI

 


LOS COSACOS (1863)

 

 

 

Edgardo Rafael Malaspina Guerra

I

Casi toda la obra de Tolstói es autobiográfica. León (Lev en ruso) Tolstói es Dmitri Olenin (Cerval, de ciervo o reno). Ambos nombres provienen del reino animal. Tolstói buscaba el sentido de su vida y hacía comparaciones entre las sociedades citadinas y provincianas. Su visita al Cáucaso se presta para hacer esas reflexiones que son las mismas que hace el héroe de la novela cuando emprende su periplo.  El viaje de Tolstói como cadete  al Cáucaso (1851) se relaciona con su participación en la guerra de los rusos contra los turcos.

II

“A donde fueres, haz lo que vieres”, reza el refrán; y eso es precisamente lo que hace Olenin en el Cáucaso: trata de portarse como un cosaco más: se viste como un cosaco, bebe como un cosaco y va de cacería como un cosaco. En todo esto le va bien, menos cuando se enamora de Marianka , novia de Luká. Su amor no es correspondido nunca , ni siquiera cuando Luká prácticamente ya no es un obstáculo.

III

Las conversaciones con el viejo Eroshka entre copa y copa le sirven para orientarse en su nueva vida. Jamás se insertará en ese nuevo ambiente, y su fracaso amoroso con Marianka le hace emprender otros derroteros. Cada fracaso le enseña al hombre algo que necesitaba aprender, decía Charles Dickens.

Párrafos y frases:

1

La partida de Olenin desde Moscú:

Las ventanas se hallaban á oscuras y los faroles apagados. Por la ciudad dormida, desde lo alto de las iglesias, vibraba el repique de las campanas, anunciando el amanecer. Por las calles, todo era

soledad. Únicamente se veía, de vez en cuando, á un cochero de alquiler que, por la arena impregnada de nieve, conducía su trineo, parábase al otro lado de la vía y, en espera de un parroquiano, quedábase después dormitando. Alguna vieja se dirigía al templo, donde fulguraban, con vivo resplandor, unos cirios desordenadamente dispuestos que herían el oro de los retablos.

2

Olenin era un joven que no había terminado carrera alguna ni servido en ninguna parte; sólo figuraba, por mera fórmula, en la nómina de un ministerio cualquiera. Había derrochado la mitad de su caudal, y, á los veinticuatro años, no sabía aun qué profesión elegir ni qué hacer.

3

Meditaciones de Olenin:

Y recordó todos los arrebatos de su juventud. Acudíanle á la mente los primeros tiempos de su vida mundana; veía de nuevo á la hermana de un su amigo con el cual pasaba todas las noches en su casa: la luz de la lámpara alumbraba los dedos esbeltos de la joven que trabajaba en una labor, con su semblante precioso .

4

Sueños:

De modo vago y confuso se aparecía todo eso; pero lo que más le interesaba en el porvenir, eran promesas de gloria y amenazas de muerte. A lo mejor, con increíble arrojo y fuerza que era pasmo de todos, quitaba la vida á un sinnúmero" de montañeses si no los sojuzgaba. A veces el mismo veíase trocado en montañés, defendiendo su libertad contra los rusos.

5

Nueva vida:

Mientras más se alejaba Olenin del centro de Rusia, más parecía que de él huían los recuerdos. Y, a medida que iba aproximándose al Cáucaso, su alma cobraba más bríos. «Irse por siempre y no volver ni aparecer más en sociedad» era lo que, de vez en cuando, le venía al cerebro. «Los hombres de aquí no son hombres; ninguno sabe quién soy ni conoce mi pasado; ninguno de ellos  puede haber tratado, en Moscú á la sociedad que yo frecuentaba Y nadie, en ella, sabrá cómo he vivido entre estos hombres».

6

Tristeza por la partida:

El anciano( Erochka) permanecía sentado en el suelo.

—¿Pero se separa uno así, imbécil?—dijo.—Hemos estado juntos un año entero y... Adiós; ¡ya está dicho todo! y yo que te quiero tanto! Me da lástima: ¡pobrecito... y siempre solo! ¡Qué insociable eres! Me ha sucedido no dormir por la noche y pasarla pensando en ti; tanta compasión me inspirabas. Dice verdad la canción:

Es triste, hermano querido,

vivir en país extraño.

7

El que se va ya no es necesario:

Adiós, padre, adiós; me acordaré mucho de ti,—gritaba Erochka.

Al alejarse, Olenin se volvió todavía... Erochka y Marianka hablaban ya entre sí de asuntos al parecer indiferentes: ni el viejo ni la joven le dirigieron una mirada más.

 

 


PELÍCULA: LOS COSACOS (1961)

 

 

El cineasta soviético Vasili Pronin dirigió una adaptación al cine de los cosacos en 1961, que se estrenó en la reunión anual Festival de Cine de Cannes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1

El joven noble moscovita Dmitry Andreevich Olenin (Gubanov) despilfarró la mitad de la fortuna dejada por sus padres. Sin educación ni rangos, ingresa al servicio en el Regimiento de Infantería del Cáucaso como cadete, tratando de evitar las tentaciones de la vida del mundo de Moscú en las dificultades del servicio. El regimiento está ubicado cerca del río Terek, que sirve como separación natural de las posiciones de los cosacos y los montañeses.

2

Olenin se aloja en la casa donde vive, entre otros miembros del hogar, la hija del dueño, Maryana (Kirienko). Quieren casarla con un joven cosaco Lukashka Shirokov, que se distingue por su atrevimiento y coraje. Olenin, como todos los soldados del ejército, es recibido con frialdad en el pueblo. Pero pronto, gracias a su disposición abierta y generosidad, la actitud hacia él cambia. Un papel importante en este cambio lo juega el viejo y respetado cosaco Eroshka (Andreev), quien desde la primera reunión trató bien al joven cadete. Olenin no escatima en el alquiler de la estancia, le da a Lukashka uno de sus caballos, trata generosamente a Eroshka con vino. Cazan juntos, Dmitry admira la naturaleza que los rodea y la sencillez sin pretensiones de la vida y las relaciones.

 

 

3

Olenin es ascendido a oficial, pero evita la vida desenfrenada de un oficial con juegos de cartas y frecuentes juergas borrachas. Pasa la mayor parte de su tiempo fuera de servicio cazando o en casa. Poco a poco, Dmitry se deja llevar, incluso se enamora de Maryanka. Finalmente, observando los preparativos de la boda y dándose cuenta de que está perdiendo el tiempo, Olenin le propone matrimonio a la chica. Deja la decisión a los padres.

4

A la mañana siguiente irá a buscar su bendición, pero, cumpliendo con su deber militar, parte con un destacamento de cosacos en persecución de un pequeño destacamento de abreks. En el curso de la batalla que siguió, Lukashka resultó mortalmente herido. La noticia de esto aleja a Dmitry y Maryanka, ella lo considera indirectamente involucrado en la muerte de su novio.  Al darse cuenta de que la felicidad con ella ya no será posible, Olenin abandona la aldea, acompañada por un Eroshka entristecido.

 

jueves, 26 de agosto de 2021

LA FELICIDAD CONYUGAL. TOLSTÓI. 1859

 

LA FELICIDAD CONYUGAL (1859)



Edgardo Rafael Malaspina Guerra

 

I

El amor de pareja ha evolucionado de diferentes maneras a través de distintas épocas; no obstante, esa pasión entre un hombre y una mujer tiene sus etapas bien delimitadas en todos los casos y en cualquier tiempo ,que pueden desembocar en una ruptura total o en un serena relación configurada por aquello de que la costumbre es más fuerte que el amor. De esto trata precisamente La felicidad conyugal.

Apenas se conocen un hombre y una mujer , empieza un periodo exploratorio donde juegan papeles importantes la experiencia y los instintos. En La felicidad conyugal hay una diferencia de edad entre los futuros novios y luego esposos, y esa distancia generacional se hace sentir de alguna u otra manera.

 El amor del noviazgo y de los recién casados es el verdadero ,ingenuo e ideal. El amor del matrimonio, ya pasado algún tiempo, es el real, pensado y sosegado; y se mantendrá si pasa la prueba de la convergencia o divergencia de las personalidades que comparten espacios e intereses mutuos. El primer amor pertenece a la esfera de Eros y Dionisio, el que viene luego será menos fogoso con la aparición de los hijos, por lo tanto, es filial y transcurre bajo la égida de Apolo. Entonces, para vencer los avatares del tedio de los hábitos el amor debe ser creativo y reinventarse. Acostumbrarse es empezar a no ser, dijo don Miguel de Unamuno en El sentimiento trágico de la vida. El amor conyugal está conformado por los encuentros y los desencuentros.

II

Una mujer (María Alexándrova, la narradora) y su tutor (Serguéi Mijáilovich) se enamoran a pesar de la diferencia de edades. Ella sueña con ser amada por él, mientras él tiene sus dudas precisamente por los doce años que los separan. El noviazgo está lleno de sueños. Vendrán el matrimonio, los hijos, el hastío, las discusiones, las paces y nuevamente las desavenencias y las reconciliaciones. La vida aldeana los aburre, pero también la de la ciudad no será completamente satisfactoria por los compromisos sociales. Vendrán los celos, los diálogos y los entendimientos. Finalmente, el amor estará signado por la necesidad de mantenerse juntos para enfrentar los retos de la vida familiar y eludir los pasos lúgubres de la soledad.

III

La genialidad de León Tolstói plasmada en esta novela, escrita en 1858 y publicada en 1859, reside en que en ese entonces tenía apenas treinta años y aún no estaba casado, y por lo tanto no tenía experiencia propia de la vida matrimonial; no obstante, su acuciosa capacidad de observación de la vida de su entorno social le hizo percibir con suprema agudeza los altibajos emocionales por los que atraviesan las parejas.

Párrafos, citas y frases:

1

Y cada uno de mis pensamientos era un pensamiento suyo, y cada uno de mis sentimientos era un sentimiento suyo. Entonces yo no sabía que eso era el amor, pensaba que siempre podría ser así, que era un sentimiento que se daba porque sí.

2

Las dudas por la diferencia de edad:

 

—Dígame la verdad, con la mano en el corazón —dijo él dirigiéndose a mí en tono guasón—, ¿acaso no sería para usted una desgracia unir su vida a la de un hombre viejo que ya ha vivido, que sólo tiene ganas de estar sentado, mientras que usted sabe Dios qué quiere, ¿qué le pasa por la cabeza?

3

Las ensoñaciones del amor:

Mi antigua tristeza quedó atrás y dio paso a una primaveral nostalgia soñadora, llena de esperanzas y de deseos incomprensibles.

4

Descripciones poéticas:

Verdaderamente era una noche como no volví a ver nunca más. La luna llena estaba sobre la casa detrás de nosotros, de manera que no se veía, y la mitad de la sombra del techo, los pilares y el toldo de la terraza yacían al sesgo de su luz.

- El camino de tierra arenisca estaba claro y bañado por la plata del rocío y la luz de la luna.

-El ancho camino de flores, en el que a un lado se extendían oblicuas las sombras de las dalias y de los soportes, luminoso y frío, lanzando destellos con sus guijas irregulares, se perdía en la niebla y en la lejanía. Detrás de los árboles se distinguía la clara techumbre del invernadero, y desde el fondo del barranco comenzaba a levantarse una niebla creciente. Algunos deshojados arbustos de lilas estaban iluminados hasta las ramas.

5

María espera una declaración de amor:

Pero ¿por qué no me dirá sencillamente que me ama? —pensaba—. ¿Por qué inventa no sé qué dificultades y dice que es viejo cuando todo es tan sencillo y tan hermoso? ¿Por qué pierde un tiempo precioso que, quizá, no vuelva jamás? Que me diga: te amo, que me tome mi mano con su mano y oprima su cabeza contra ella y me diga: te amo. Que se ruborice y baje los ojos delante de mí, y entonces se lo diré todo. No, no se lo diré; lo abrazaré, me apretaré contra él y me echaré a llorar.

6

Los altibajos del amor:

Él comenzó a dedicarse a sus asuntos más que antes, y yo volví a tener la impresión de que en su alma había un mundo específico que me estaba vedado. Su eterna tranquilidad me irritaba. No es que lo amara menos que antes, ni que fuera menos feliz que antes con su amor; pero mi amor se estancó, ya no crecía, y amén del amor, un sentimiento desasosegado, nuevo para mí, comenzó a infiltrarse en mi alma. Me parecía poco amar una vez conocida la felicidad de amarlo.

7

Hastío aldeano y sueños con la ciudad:

La idea de que podría librarme de aquella tristeza con sólo trasladarme a la ciudad se me ocurría una y otra vez; pero al mismo tiempo, que por mí se alejara de todo lo que quería me hacía sentir avergonzada y mal.

8

Cambios de humor:

Sentía que las lágrimas me inundaban el corazón y que estaba muy enojada con él. Me asustó mi enojo y fui a buscarlo. Lo hallé sentado en su gabinete, escribiendo. Al oír mis pasos, me miró un instante con indiferencia, con tranquilidad, y continuó con su escritura. No me gustó su mirada; en vez de acercarme a él, me detuve junto a la mesa sobre la que estaba escribiendo y, tras abrir un libro, me puse a contemplarlo. Él volvió a dejar lo que estaba haciendo y me miró.

—¡Masha! ¿Estás de mal humor? —me preguntó.

9

El viaje a la ciudad cambia la visión sobre la vida:

Nuestro viaje a Petersburgo, la semana que pasamos en Moscú, sus parientes y los míos, nuestra instalación en el nuevo apartamento, el camino, las nuevas ciudades, los rostros, todo transcurrió como en un sueño. Todo era tan distinto, tan novedoso, tan divertido, todo era tan cálido y estaba tan nítidamente iluminado por su presencia y su amor que la apacible vida en la aldea me pareció algo muy lejano e insignificante.

10

La vida social:

—¿Qué falta me hace la vida social? —respondí—. Sólo iremos al teatro, visitaremos a nuestros parientes, escucharemos alguna ópera y algo de buena música antes de Semana Santa estaremos de regreso en la aldea

11

 

El arrobo de la ciudad:

 

Pero en cuanto llegamos a Petersburgo, nuestros planes cayeron en el olvido. Me encontré de pronto en un mundo tan nuevo, tan dichoso, tantas alegrías me embargaron el ánimo y tantos nuevos intereses surgieron frente a mí que de inmediato, aunque inconscientemente, repudié mi pasado y me retracté de los planes hechos en ese pasado.

12

Pequeñas desavenencias:

—Has cambiado mucho —dije suspirando—. ¿De qué soy culpable frente a ti? Si no hubiese sido la recepción, habría sido otra cosa, algo hay en tu corazón, y desde hace tiempo, contra mí. ¿Qué sentido tiene la falta de sinceridad? Antes tú mismo la temías. Dímelo directamente: ¿qué tienes contra mí? «Algo dirá», pensaba yo recordando, ufana, que en todo el invierno no había habido nada que pudiera reprocharme.

13

Celos:

—¿Qué pasa? —pregunté con lágrimas de indignación en los ojos.

—Me resulta repugnante que un príncipe te haya encontrado bonita y que por eso corras a su encuentro, olvidándote de tu marido, de ti misma y de la dignidad de la mujer, y que no quieras entender lo que está obligado a sentir por ti tu marido, ya que en ti no existe el sentimiento de dignidad. Al contrario, vienes a decirle a tu marido que «haces un sacrificio»…

14

Discusiones:

No, no sacrificaré nada por ti —dije, sintiendo de qué manera tan poco natural se me ensanchaban las aletas de la nariz y la sangre abandonaba mi cara—. El sábado iré a la recepción; iré pase lo que pase.

—Y ojalá te diviertas, pero entre nosotros todo se acabó —gritó en un arrebato de locura incontenible—. Ya no me torturarás más. Fui un estúpido al… —empezó de nuevo, pero sus labios se pusieron a temblar y, haciendo evidentemente un esfuerzo, se contuvo para no terminar la frase.

15

Reconciliación:

Me asustó el sonido de esa voz sencilla y miré tímidamente a mi marido. Sus ojos estaban puestos en mí. Su mirada era feroz y burlona; su voz, uniforme y fría.

—Sí —respondí.

Por la noche, cuando nos quedamos a solas, se me acercó y me tendió la mano.

—Olvida, por favor, cuanto te dije —me pidió.

Yo tomé su mano; una sonrisa temblorosa se esbozó en mi cara, y las lágrimas estaban a punto de derramarse de mis ojos, cuando él retiró su mano y, como temiendo una escena sensiblera, se sentó en un sillón bastante alejado de mí. «¿Será posible que siga creyendo que tiene razón?», pensé.

16

Del amor al respeto y la prudencia:

A partir de entonces nuestra vida cambió radicalmente, y también cambiaron nuestras relaciones. Ya no estábamos tan bien a solas como antes. Había cuestiones que evitábamos, y nos era más fácil hablar cuando había una tercera persona con nosotros que cuando estábamos frente a frente. En cuanto la conversación versaba sobre la vida en la aldea o sobre algún baile, era como si un tropel de chiquillos se nos pusiera a correr en plenos ojos y nos resultara incómodo mirarnos. Como si los dos sintiéramos dónde estaba el abismo que nos separaba y tuviésemos miedo de acercarnos a él. Yo estaba convencida de que él era orgulloso y explosivo y que había que tener cuidado para no rozar sus puntos débiles. Él estaba seguro de que yo no podía renunciar a la vida social, de que la aldea no era lo mío y que no quedaba más remedio que resignarse a este malhadado gusto.

17

La vida social se hace costumbre:

La vida social, que al principio me había ofuscado la razón con su brillo y los halagos a mi vanidad, pronto se enseñoreó definitivamente de mis gustos, se tornó costumbre, me puso sus grilletes y ocupó en mi alma todo el lugar disponible para los sentimientos. Ya nunca me quedaba a solas

conmigo misma y temía entrar a fondo en mi situación. Todo mi tiempo, desde avanzada la mañana hasta avanzada la noche, estaba ocupado y no me pertenecía, aun si no iba yo a ningún lado. Ya no era ni divertido ni aburrido; simplemente me parecía que así, y no de otra manera, tenía que ser.

18

La aburrida vida del matrimonio:

Así transcurrieron tres años, durante los cuales nuestras relaciones permanecieron intactas, como si se hubiesen detenido, como si se hubiesen congelado y no pudieran ni mejorar ni empeorar. Durante esos tres años, en nuestra vida familiar acaecieron dos sucesos importantes, pero ninguno de los dos modificó nuestra vida. Uno fue el nacimiento de mi primer hijo, y el otro la muerte de Tatiana Semiónovna. Al principio, el instinto maternal se apoderó de mí con tanta fuerza y me produjo un entusiasmo grande .

19

Los hijos traen cambios positivos en la relación matrimonial:

 

 

 

Mi marido, por el contrario, a partir del momento en que nació nuestro primer hijo volvió a ser el mismo, un dulce y apacible hombre casero, y toda su ternura y su alegría de antaño las volcó en el bebé. A menudo cuando, ya vestida de baile, entraba en el cuarto del niño para darle la bendición antes de dormir y encontraba ahí a mi marido, notaba algo como una mirada de reproche atenta y severa dirigida a mí, y me sentía avergonzada. Por momentos me horrorizaba mi indiferencia por el crío.

20

Juntos, pero no revueltos:

Entre nosotros ya se percibían las conocidas convenciones del decoro. Vivíamos por separado: él con sus ocupaciones, en las que yo no tenía para qué participar, y ahora tampoco quería, y yo con mi ocio, que ahora no lo ofendía ni lo apesadumbraba como antes. Los niños eran todavía demasiado pequeños y no podían ser un punto de unión.

21

Como escribió Neruda en su poema 20: Nosotros los de entones ya no somos los mismos:

Él también sigue siendo el mismo, sólo la arruga que tiene entre las cejas se ha hecho más profunda y tiene más canas en las sienes; pero ahora su mirada atenta y profunda está constantemente velada por nubarrones. Y yo también sigo siendo la misma, pero en mí ya no hay amor, ni deseo de amor. No siento necesidad de trabajar ni me encuentro a gusto conmigo. Y mi éxtasis religioso de entonces, el amor que sentía por él y la plenitud de la vida de entonces me parecen tan lejanos e imposibles… Ahora no sería capaz de entender eso que antes me parecía tan claro y tan justo: la felicidad de vivir para el otro. ¿Qué sentido tiene vivir para el otro cuando no se tienen ganas de vivir para uno mismo?

22

El amor persiste, pero es de otro tipo:

 

sí es como me ha entendido! —pensaba yo, intentando contener los sollozos que me ahogaban—. Está acabado, el amor que nos teníamos está acabado», me decía una voz en mi corazón.

Él no se acercó, no me consoló. Estaba ofendido por lo que acababa yo de decir.

Su voz era tranquila y seca.

—No sé de qué me acusas —comenzó—, si es de que ya no te amo como antes…

—¡Ya no te amo! —dije yo con el pañuelo sobre la boca, y unas lágrimas amargas cayeron en él más abundantes todavía.

—De eso es culpable el tiempo y nosotros mismos.

 

No, lo que ha pasado no volverá, es imposible hacerlo volver —y su voz se suavizó al decir esto.

—Todo ha vuelto —dije yo, apoyando mi mano en su hombro.

Él tomó mi mano y la apretó.

—No, no es verdad que no lamente el pasado; lo lamento, lloro por ese amor que se fue, que ya no existe ni volverá a existir. ¿Quién tiene la culpa? No lo sé. Ha quedado amor, pero no aquel; ha quedado su lugar, pero él ha estado muy enfermo, no tiene fuerza ni vitalidad, han quedado recuerdos y gratitud.

23

La vida es otra:

 

Mi marido se acercó a mí; yo cubrí la carita del niño y luego la descubrí de nuevo.

—¡Iván Serguéich! —dijo mi marido, pasando un dedo por la barbilla del bebé. Pero yo cubrí de nuevo a Iván Serguéich. Nadie que no fuese yo debía verlo. Miré a mi marido, sus ojos rieron cuando se toparon con los míos, y, por primera vez después de mucho tiempo, fue para mí fácil y gozoso mirarlos.

A partir de ese día el idilio con mi marido terminó. El sentimiento de antaño se convirtió en un recuerdo querido e irrevocable, y el nuevo sentimiento de amor por mis hijos y por el padre de mis hijos sentó el comienzo de otra vida, feliz de manera absolutamente distinta, una vida que aún no he terminado de vivir en este momento…